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Añoranza de Carlos Puebla ante el tercer golpe oligarca en América Latina

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Alberto Cruz 

América Latina ha sido siempre un continente prolífico en cantautores. Uno de los pioneros, el cubano Carlos Puebla, murió un 12 de julio de 1989. Carlos Puebla, siempre acompañado de Los Tradicionales, era el cronista popular de la Revolución Cubana, el hombre del lenguaje directo y de las letras sencillas, de contenido claramente revolucionario y cuya estela siguieron muchos otros después por todo el continente. Uno se acostumbró a oír cientos de sones, guarachas, danzones a través de las emisiones de Radio La Habana, emitiendo desde Cuba, "territorio libre de América", que escuchaba mi abuelo y aprendió a diferenciar la salsa del son -"no le llames salsa a mi son, porque es música cubana"- mientras se lloraba al Ché -"Hasta siempre"- a Salvador Allende -"Compromiso de honor"- o a Camilo Torres y se loaba a la reforma agraria y a la alfabetización mientras criticaba a la OEA -"La OEA es cosa de risa"- y a la conciliación de las clases sociales -"Enseñanzas de la historia"-. Y si en ocasiones el trago era amargo, ahí estaba siempre Emiliana con su café tendiendo su mano a cualquier hermano trabajador. 

A la vista del golpe militar de Honduras se echa de menos a personajes como Carlos Puebla veinte años después de su muerte. Con su incomparable sencillez, Carlos Puebla podría poner en solfa a los panegiristas del "socialismo del siglo XXI" y su apuesta por una conciliación entre clases en un "Estado no clasista", como apuntan los defensores de esta teoría. Estoy seguro que les hubiese dedicado uno de sus sones al estilo del titulado "Enseñanzas de la historia" con un estribillo mil veces repetido: "si tú no acabas con ellos, ellos acaban contigo".

En Honduras los golpistas de dentro y fuera del país, la derecha económica y política de dentro y fuera del país, se han alineado con los golpistas convencidos que la bofetada infligida a Zelaya por la oligarquía local va dirigida a Chávez, su verdadero enemigo, mientras aplaude la oligarquía internacional y sus panegiristas.  El presidente derrocado ya había provocado una cierta conmoción entre los de su clase, la oligarquía -no hay que olvidar que surgió de la élite política tradicional, compuesta por terratenientes y ganaderos-, cuando en la campaña de las elecciones de 2005 se atrevió a plantear que el problema de la inseguridad no se abordaba con la aplicación de la pena de muerte y un aumento de las fuerzas policiales, como planteaba su oponente, sino con un enfoque económico orientado a la prevención de las causas que la generan.

Con estas diferencias de criterio, que en Honduras no son pequeñas, Zelaya ganó las elecciones presidenciales e inició su mandato vigilado en todo momento por la élite a la que pertenece. Pero cuando en cumplimiento de su programa ofreció un aumento del salario mínimo, la clase empresarial consideró que hasta ahí había llegado su osadía.  Por el contrario, esa decisión reforzó su apoyo entre los campesinos y los sindicatos.

Zelaya necesitaba acompañar este gesto de política interna con algunas acciones de política externa que le garantizasen una mayor liquidez en las arcas del estado, de ahí que diese un giro a la política exterior tradicional de Honduras y se acercase a iniciativas como la ALBA, lo que le granjeó la enemistad de su propio partido y la pérdida de apoyo del Congreso. Zelaya era consciente de ello, por lo que su apuesta era realizar un referéndum no vinculante que permitiese que en las elecciones de noviembre se pudiesen sentar las bases para la realización de reformas constitucionales que impulsaran una serie de reformas económicas muy modestas pero que molestaban profundamente a la oligarquía interna y externa. Un aspecto que los teóricos del "socialismo del siglo XXI" deberían tener muy en cuanta cuando hablan con tanta alegría de que es posible "el socialismo dentro del capitalismo". 

Las razones del golpe son tanto internas como externas y es una tercera prueba de cómo la oligarquía latinoamericana y los EEUU tensan la cuerda para recuperar el control político y social que han comenzado a perder en los últimos años. No parece que se haya tenido muy en cuenta que la primera prueba fue la realizada en marzo de 2008 por Colombia cuando, haciendo uso de la teoría del ataque preventivo bushista, realizó una invasión de territorio ecuatoriano para atacar un campamento de las FARC y matar a la mayoría de sus habitantes, incluyendo a Raúl Reyes. Colombia, con el apoyo y asesoramiento estadounidense, violaba las "normas democráticas" en unos momentos en que se había puesto encima de la mesa el reconocimiento de la guerrilla colombiana como fuerza beligerante. Entonces hubo teóricos del "socialismo del siglo XXI" que rápidamente presionaron para que Ecuador no fuese más allá de la ruptura de relaciones diplomáticas con Colombia cuando eso era claramente insuficiente y había que haber dado el paso definitivo para romper la estrategia oligárquica: el reconocimiento de las FARC y del ELN como fuerza beligerante, que era lo que pretendió parar -y paró- el ataque al campamento de las FARC. En vez de dar dos pasos adelante ante la agresión, se dieron hacia atrás -Ecuador ha realizado declaraciones concretas en contra de las FARC- con la consecuencia que la oligarquía colombiana se sintió reforzada y eso alentó al resto de oligarquías latinoamericanas, con la boliviana rápidamente tomando el testigo e impulsando el proceso fascista en la llamada "Media Luna". Ahí está para demostrarlo lo ocurrido en Bolivia durante todo el año 2008.

Por lo tanto, con el golpe en Honduras la oligarquía latinoamericana da un paso más y ya es la tercera vez que rompe las normas "democráticas" -cuatro, si tenemos en cuenta el fracasado golpe contra Chávez en 2002-, tras los mencionados casos de Colombia y Bolivia, sin excesivas consecuencias. El "tránsito hacia la democracia" en América Latina no es más que una entelequia para la oligarquía y sus panegiristas si en el mismo ven amenazados sus intereses económicos. Ellos resuelven las "debilidades sociales" con acciones caritativas con las que ganarse el cielo -aquí ya están en el paraíso- y el golpe se defiende con espíritu "constitucional" y represión limitada a unos pocos muertos.

Es necesaria una radicalización -en su opción etimológica de ir a la raíz de los problemas- en los países donde con mayor o menor énfasis se habla de esa cosa etérea del "socialismo del siglo XXI". Una radicalización como la que comenzó a operarse en Ernesto Guevara cuando en su estancia en Perú -según relata en las memorias de su segundo viaje por América Latina- se encontró con un dirigente del APRA peruano que consideraba más peligroso el marxismo que el imperialismo norteamericano. Todo lo que signifique tocar los privilegios económicos de la oligarquía es considerado "peligroso" y por ahí no pasa.

Ya no es momento de palabras, sino de acciones. Porque, volviendo al entrañable Carlos Puebla, "la enseñanza de la Historia/ demuestra en forma palpable/ cómo la reacción se ensaña/ cuando retorna triunfante".

 

06/07/2009 19:29 Autor: elzurriago. Enlace permanente. Tema: América Latina Hay 2 comentarios.

Matar un ruiseñor

Alberto Cruz

 La detención de Remedios García Albert me recuerda a la película "Matar un ruiseñor". Ella es el negro en una sociedad corrupta hasta la náusea, racista -quitad la referencia al color y poned a la protagonista involuntaria de esta dramática película la etiqueta de "terrorista"- y donde el odio al disidente se ha convertido en el paradigma que un comportamiento supuestamente democrático convierte en su objetivo alienador. Hay un refrán castellano que dice "dime de qué presumes y te diré de qué careces". Es algo que hay que aplicar, a pies juntillas, tanto a la sociedad  colombiana como a la española. Esa que sale a las calles en contra de las FARC mientras se calla ante la muerte de sindicalistas, luchadores sociales, periodistas o cualquier otro disidente del sistema capitalista.

 Como en "Matar un ruiseñor", en Colombia y en España hay personajes públicos, amparados por su pertenencia a las, supuestas, diferentes esferas de poder de las que hablaba Montesquieu que actúan sin prejuicio y sin moral alguna a la hora de elegir a sus víctimas. Da igual que se sea, como Remedios, una cooperante preocupada por la paz con justicia social, o un sindicalista, como Guillermo Rivera, el penúltimo muerto por defender a los trabajadores. A fin de cuentas, ellos son como los negros que retrata esa película, gente a la que no hay que creer puesto que su palabra no vale nada comparada con la de un prohombre defensor de la religión, la ley y el orden. Ya lo dice quien acusa: "lo hizo, sólo sé que lo hizo", y el testimonio acusatorio de una computadora milagrosa hace que el populacho sea víctima de su propia y cruel pobreza e ignorancia.

 Como en "Matar un ruiseñor", aquí el juez que ha encausado a Remedios tiene una imagen impoluta, intachable puesto que fue el hombre que se atrevió a procesar a Pinochet. Ese caso sirvió para lavar su imagen de censor puesto que dicho juez fue quien cerró el diario Egin, y quien se caracteriza por ser un pésimo instructor de causas. Pero es el tipo de juez que nunca, jamás, acaso, ni se atrevería a iniciar causa alguna contra cualquier diario, español o colombiano, de los que hacen constante apología del golpismo en Venezuela o alientan el racismo en Bolivia. Esto es libertad de prensa, por supuesto. Faltaría más.

 Como en "Matar un ruiseñor" la policía aparece como la simple cumplidora de la ley aunque las pruebas se hayan conseguido al margen de la ley que dice defender y con muertos a quienes se remató para que quedasen bien muertos, aplicando la tan conocida ley de fugas, no fuese a ser que contasen la verdad. Por eso persiguen a las guerrilleras que sobrevivieron y a la estudiante mexicana. Porque, como decía un viejo pensador, "la verdad es revolucionaria". Y ya se sabe que la revolución es peligrosa para el sistema que con tanto ardor y dedicación defienden políticos, jueces y policías de países como España o Colombia.

 Como en "Matar un ruiseñor" a Remedios ya la han linchado mediáticamente quienes defienden una supuesta objetividad e independencia informativa, la han marcado con el hierro candente con el que los esclavistas identificaban a los negros que eran de su propiedad y luego iban a misa y hacían generosas dádivas para los pobres como buenos amantes de la ley, la religión y el orden. De eso saben mucho los españoles que se lucraron con el comercio de esclavos en países como Cuba, por ejemplo, y criollos que se mantuvieron en el poder en Colombia luego de la independencia de la metrópoli.

 En el tráfico de esclavos y explotación de los trabajadores está el origen de las fortunas y de los emporios comerciales de quienes reclaman la restitución de sus propiedades en Cuba esperando el momento del fin de la Revolución o quienes controlan Colombia -no en vano cuando se abolió la esclavitud los terratenientes que tenían esclavos fueron indemnizados por el Estado ya independiente- y siempre se han opuesto a cualquier medida de paz que incluyese reformas estructurales en la política económica. Porque eso, y no otra cosa, era lo que reclamaban las FARC en los diálogos del Caguán. ¿O hace falta recordar lo que se publicó entonces y se dijo por parte de esta gente y su frente mediático? ¿Hace falta recordar a diarios claramente exponentes de los intereses oligárquicos colombianos como "El Tiempo" o revistas como "Semana" lo que publicaban esos días y cómo se hacían eco del rechazo, que alentaban, a las conversaciones de paz por parte del "sector empresarial colombiano"? Remedios estaba allí, y muchos otros que, tal vez de forma cándida, apostábamos por la paz con justicia social.

 El comportamiento de los nuevos esclavistas, de cuerpos y mentes, es muy similar al de sus antepasados. Ellos siguen basando su fortuna en el trabajo de esclavos (más horas semanales, aumento de la edad de jubilación, nada de sindicación combativa y sí esa parodia de sindicato dócil con el patrón al estilo de los capataces de los ingenios y esclavos de confianza de las haciendas, pérdida de conquistas sociales adquiridas a base se lucha, sangre y latigazos) y siguen calmando su conciencia con las dádivas que hoy dan a través de Fundaciones y Organizaciones No Gubernamentales. Atender al pobre, no atender a las causas que generan la pobreza, como si la pobreza y la miseria no fuesen generadas por un sistema económico concreto.

 Por eso hay que ser críticos sin pausa con quien habla de paz en su vertiente negativa, es decir, paz igual a ausencia de conflicto. Por eso hay que repetir hasta la saciedad que ese concepto de paz negativa no nos interesa, sino el de la vertiente positiva: paz igual a resolución de las causas que generan los conflictos. La paz en Palestina es el reconocimiento de los derechos nacionales de un pueblo a quien se le vienen negando desde hace 60 años. Por eso en Palestina hay organizaciones armadas. La paz en India es cambiar un sistema económico que arroja a la miseria a 750 millones de personas mientras una minoría ve las películas de Bollywood, emigra  a Occidente y negocia acuerdos nucleares. Por eso en India hay organizaciones armadas. La paz en Colombia es iniciar la reformulación de la política económica y su consecuencia más inmediata: una mejor distribución de la riqueza y la finalización de la injusticia social. Por eso en Colombia hay organizaciones armadas. La paz en otras partes del mundo pasa por el reconocimiento del derecho a la autodeterminación de los pueblos.

 Como en "Matar un ruiseñor" a Remedios la han matado mediáticamente (y a Guillermo físicamente), todos y cada uno de quienes están interviniendo en esta película que rueda el juez español Baltasar Garzón con el guión que le llega desde Colombia y que, publicado a modo de folletón por los periódicos y emitido a modo de serial por las radios y/o televisiones, evita que la población se haga preguntas sobre por qué se detiene a una mujer por el simple hecho de cartearse con alguien, sea guerrillero o no, o por qué las FARC son malas y por qué el gobierno colombiano, arropado por su homólogo español, es bueno matando (sí, matando) a sindicalistas, luchadores sociales, periodistas y dirigentes políticos año tras año.

 Nosotros somos como los niños de la película "Matar un ruiseñor". Hemos intentado ver el mundo con otros ojos y hemos perdido de golpe nuestra inocencia. Como dice la niña protagonista de "Matar un ruiseñor", no se conoce realmente a una persona hasta que no has llevado sus zapatos y has caminado con ellos. Yo he llevado los zapatos de Remedios y he caminado con ellos los mismos caminos en México, en Irak, en Colombia, en Cuba, en ...

 Y como en la película, matar a un ruiseñor es algo que no se permite porque es un ave buena que no hace daño a nadie: "no hace otra cosa que cantar [escribir] para regalarnos el oído [la mente], no picotea los sembrados [no roba], no entra en los graneros a comerse el trigo [aunque tenga hambre]; no hace más que cantar con todas sus fuerzas para alegrarnos [el fin de la injusticia social]".

 

03/08/2008 11:39 Autor: elzurriago. Enlace permanente. Tema: América Latina Hay 2 comentarios.

“Atilio”, la puta y los miserables

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 Alberto Cruz 

Un ex no tiene por qué ser necesariamente un miserable. En una ruptura de pareja suele suceder que el ex sea un amigo respetuoso o un ser deplorable que litiga por los niños, por la casa, por los libros. En una ruptura política suele suceder que el ex sea un desencantado que se va dejando hacer o un traidor que reniega de todo lo que hizo y litiga por la ideología, por las siglas, por la historia de la organización. Pero cuando ese ex político figura como “consultor internacional” o como “experto en resolución de conflictos” viviendo de las becas de una universidad elitista tipo Oxford  y dando consejos a gobiernos tan democráticos como el de El Salvador, o el de México, o el de Colombia hay que pensar que ese ex es “un provocador, un agente infiltrado, un traidor”; en definitiva, un miserable. Y cuando ese ex aparece de la mano de probos prohombres demócratas como los que representan a la nunca bien ponderada oligarquía venezolana, o colombiana, o mexicana, o salvadoreña ya no cabe duda alguna. Ese ex es un perfecto miserable.

Un miserable en el sentido que dio Víctor Hugo a su novela “Los miserables”, o sea, aquél que a los 20 años ha sido revolucionario pero que ahora, pasados los 40, es un conservador. Lo dice el personaje del que hablamos en su último artículo: “Durante la guerra no me preocupaba tanto morir en combate como envejecer de guerrillero. Viendo la juventud de mis compañeros y la mía propia en fotografías de los primeros años del conflicto salvadoreño, concluí que las insurgencias no eran una solución, sino el síntoma de un problema. Más que un proyecto político, fuimos una generación que se alzó ante la prepotencia del poder antes de cumplir 20 años, pero que al llegar a los 40 entendimos que habíamos transformado al país y firmamos la paz”. Conmovedor.

Nuestro personaje está hablando de un país, El Salvador, y unos acuerdos de paz que sí, tuvieron logros importantes al tiempo que carencias muy notorias. Entre los primeros está el fin de la guerra civil, la reducción y depuración del Ejército, la Procuraduría para la Defensa de los Derechos Humanos y la Policía Nacional Civil (la de entonces, no la de ahora). Nuestro miserable dice que estos logros serían impensables sin la firma de la paz. Pero el problema es que no basta con un acuerdo de carácter político para lograr un ordenamiento social más incluyente y equitativo. Y eso es lo que no dice nuestro miserable puesto que aquí está una de las principales carencias de ese acuerdo por el que suspira cuando echa la vista atrás tras haber cumplido los 40 años: la reforma económica. Aunque, bien mirado, él dice ahora que nunca tuvo un proyecto político y que sólo fue un rebelde contra la prepotencia del poder. Ahora que forma parte de ese poder ya no es un rebelde, por eso es un conservador. De conservar lo que tiene, que no es poco. No todo el mundo vive en Oxford y la reforma económica pendiente en El Salvador le trae al fresco. Él ya tiene aire acondicionado en verano y calefacción en invierno.

Por lo tanto, en El Salvador existe hoy, lo mismo que entonces, cuando este miserable tenía 20 años, un modelo económico que, por la exclusión y la pobreza que genera, socava y debilita el avance de la democracia. Es decir, se ha consolidado un modelo económico que, lejos de ser coherente con los logros políticos de los Acuerdos de Paz, es una amenaza para los mismos. Este es el drama de El Salvador actual: se vive una paz violenta, no la violencia de la guerra, sino la de la pobreza, la exclusión y la marginación. Pero nuestro miserable, si la ve, no la sufre. Y menos en Oxford.

Por esta razón cuando este ex revolucionario y ahora converso conservador recibe el amparo, cobijo y sueldo de probos defensores de la libertad de expresión suya –que no nuestra- como “El País”, “El Diario de las Américas”, “La Prensa”, “El Universal” “El Nacional”, “El Tiempo” y otros dignos exponentes del periodismo global, independiente, equilibrado, no tendencioso y no manipulador que representa la Sociedad Interamericana de Prensa, Reporteros sin Fronteras y otros adalides del bien hacer periodístico y la práctica deontológica ya no cabe duda alguna. Es un miserable que ha sido bien acogido en el club de los miserables. En este caso, y al contrario de lo que hizo Roma con los asesinos del luchador antiimperialista Viriato, sí se paga a los traidores.

Porque nuestro personaje no sólo es un traidor a sus camaradas, vivos o muertos, sino que es un asesino. Y tiene nombre: Joaquín Villalobos, ex “comandante Atilio” del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) de El Salvador. El ERP se preciaba  de ser uno de los grupos político-militares más revolucionarios de El Salvador de la época guerrillera de los años 1970-1990. En esa época el éxito se atribuía no tanto al arrojo de los guerrilleros del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional –donde se encuadraba el ERP- y a las operaciones militares, sino al jefe, al gran estratega militar, al “comandante Atilio”.

Villalobos es uno de los que con más virulencia fustigan a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Su calidad de ex guerrillero le concede tribunas y hasta crédito (político, del otro, el económico, ya tiene desde que dio el bandazo). Y, comparando al FMLN con las FARC, dice que ellos nunca realizaron secuestros. Pero veamos: las FARC realizaron secuestros, retenciones, de políticos que formaban parte del sistema al que combaten. Porque supongamos que nuestro hombre está hablando de los retenidos políticos y no de los prisioneros de guerra, o sea, que no considere a los policías y militares capturados en combate como “secuestrados”. Como es sabido, las FARC plantean su canje por medio millar de sus camaradas presos. Algo similar a lo que hizo una de las organizaciones que formaban parte del FMLN, la Fuerza Armada de Liberación, el brazo armado del Partido Comunista de El Salvador.

Un comando de la FAL secuestró ni más ni menos que a una de las hijas del entonces presidente de El Salvador, Napoleón Duarte. La acción del secuestro de Inés Duarte se desarrolló limpiamente en la Universidad y duró un minuto y medio. Desde que se encontró en manos del comando hasta que fue llevada a un sitio seguro transcurrieron quince minutos más. En el año 2002 uno de los guerrilleros que participaron en esa acción me contaba, sentados en un restaurante de San Salvador, un chascarrillo ocurrido, según él, en la presidencia del gobierno: cuando un general le dio la noticia al presidente de que habían secuestrado a su hija, este respondió con una expresión coloquial –“¡La puta!”- a lo que el azorado general habría respondido “la puta no, presidente, la otra”. Es una anécdota que puede no ser cierta, pero que está en boca de muchos de los participantes en ese secuestro y de componentes del FMLN en aquella época de guerra. Y en ella se hizo esta acción militar, como dicen quienes la perpetraron y fue en realidad: una acción militar.

El caso es que el secuestro permitió la liberación de presos políticos del FMLN, entre ellos la comandante Nidia Díaz, y lisiados de guerra. Eso fue un canje, diga Villalobos lo que quiera y oculte lo que quiera ocultar. Como también quiere ocultar el hecho de que nunca ha cumplido lo que dijo de forma pública tras la firma del Acuerdo de Paz: la devolución de los restos del poeta Roque Dalton, asesinado por él y otros miembros del ERP en 1975. Nunca lo hizo, tal y como reconocía con amargura el hijo del poeta, Jorge, en la revista salvadoreña Cultura el mes de octubre de 2005.

A Villalobos le viene como anillo al dedo una estrofa de la “La vida no vale nada”, una conocida canción del cubano Pablo Milanés: “la vida no vale nada/ si ignoro que el asesino / cogió por otro camino / y prepara la celada”. Villalobos oculta, y quienes le amparan y pagan, también, que ese pomposo título de “consultor internacional experto en resolución de conflictos” se debe a que presta sus servicios a gobiernos inmersos en graves crisis internas (Colombia, México, El Salvador), a nauseabundas oposiciones (Venezuela) y no es descartable que pronto aparezca en Bolivia. O que se le vea en EEUU aconsejando a Bush sobre la forma de combatir a la guerrilla iraquí o a la afgana –y que lo tome como consejo para su consultoría: en Afganistán ha crecido el cultivo de opio con el muy democrático gobierno de Karzai, tan democrático como el de Uribe, pero no será el gobierno el responsable, sino la insurgencia talibán y ya no estaremos ante una lucha contra la ocupación del país sino ante una narcoguerrilla, otra más, que amenaza la estabilidad de todo Asia y de todo el mundo al igual que, según Villalobos, hacen las FARC-. Así que, también a por ellos. Más tropas, más OTAN, más muertos porque siempre habrá un sector de la izquierda que considere que esta gente, talibanes o no pero siempre narcoguerrilla, se está enfrentando a los ocupantes de su país o a los perpetuadotes de un sistema económico que genera miseria e injusticia social y esa es una apreciación equivocada. Como lo es, para Villalobos, que las FARC tengan un proyecto político.

A fin de cuentas, Villalobos es como una puta que cuenta con bastantes proxenetas que la explotan y protegen, al mismo tiempo. Ni siquiera tiene el valor de comportarse como una puta que vende su cuerpo ella misma, decidiendo cuándo, dónde, con quién y cuántas veces. En eso, como en otras muchas cosas, tampoco es autogestionario. A buen seguro que he utilizado una palabra de cuando tenía 20 años, así que perdón, esa terminología ya no se estila, no es moderna.

Villalobos es un fracasado político que, como consecuencia de su fracaso, decidió venderse al mejor postor. Tras la firma del Acuerdo de Paz de 1992, el FMLN pasó a ser partido político y Villalobos formó parte de él hasta 1994, cuando perdió la batalla interna por convertir a la ex guerrilla salvadoreña en una organización socialdemócrata. Al igual que el EPL o el M19 de Colombia, que se prestaron a firmar acuerdos de paz casi a costa de cualquier cosa, se creyó esa teoría de Fukuyama del fin de la historia tras la desaparición de la URSS y pensó que sin referentes ideológicos la cosa no tenía futuro. Pero quien no tuvo futuro fue él. Junto a otros dirigentes del EPR, abandonó el FMLN para formar el Partido Demócrata, que buscó alianzas con la derecha y terminó desapareciendo como partido al no conseguir el 3% de los votos en las elecciones de 1999. Es entonces cuando aparece como “consultor”. Y desde entonces, es uno de los protegidos más rentables del club de los miserables, como en su momento lo fue Vargas Llosa. Sólo que sin su talento literario. 

29/03/2008 14:23 Autor: elzurriago. Enlace permanente. Tema: América Latina Hay 2 comentarios.


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